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Voluntariado internacional en Perú del Programa de Jóvenes Solidarios de Castilla y León-2018

Viernes, 30 Noviembre, 2018 - 12:00

 

Mª Luisa Garachana Carpintero es una joven terapeuta ocupacional del Programa de Jóvenes Solidarios de Castilla y León-2018, que participa este año a través de Juan Ciudad ONGD en el proyecto “Promoción de la salud e integración de la población infantil en situación de discapacidad en Piura, Perú”.

Este proyecto, subvencionado por la Junta de Castilla y León en la convocatoria del Programa de Jóvenes Solidarios de Castilla y León-2018, tiene como objetivos, además de apoyar la actividad sociosanitaria que llevan a cabo los centros de San Juan de Dios, a través el conocimiento de otras realidades y culturas, el diálogo intercultural que se establece y la participación solidaria, promover la sensibilización y educación para el desarrollo en nuestra sociedad.

Mª Luisa como voluntaria en dicho proyecto, ha participado durante los meses de septiembre a noviembre de 2018 en la Clínica San Juan de Dios de Piura, en el noroeste del Perú, una institución benéfica perteneciente a la Orden Hospitalaria San Juan de Dios especializada en medicina física y rehabilitación integral, que desde hace más de 28 años brinda atención médico asistencial en la rehabilitación de niños y adultos con dolencias neurológicas, físicas, psicológicas y otras. Así también Mª Luisa ha apoyado en el Centro de Reposo San Juan de Dios  centro de la Orden, también en Piura, dedicado a la atención de la salud mental. 

 

 

 

Testimonio de Mª Luisa Garachana

La Orden Hospitalaria de San Juan de Dios tiene como uno de sus valores principales la hospitalidad. A través esta cualidad como elemento distintivo tratan de ofrecer una atención integral a la población con mayores dificultades. Dentro de su amplio abanico de actuación voy a centrarme, en esta ocasión, en la campaña “Mensajeros de la salud”, una campaña médica con casi 20 años de recorrido por todo el territorio peruano.

Durante mi estancia voluntaria en Piura tuve la posibilidad de participar en uno de estos programas, una experiencia enriquecedora no solo para las personas que acudieron en busca de atención, sino también para todos los profesionales que brindaron su tiempo de manera altruista a esta acción.

Médicos de familia, oculistas, pediatras, terapeutas ocupacionales, enfermeras, auxiliares de enfermería, farmacéuticos, conductores, personal administrativo y voluntarios aunaron sus fuerzas para ofrecer la mejor atención posible a un pueblo con escasos recursos económicos.

Imaginen una mañana calurosa de sábado, furgonetas repletas de personas uniformadas que descargan maletas de medicamentos y material médico, y usted ahí, con su dolencia, esperando con la ilusión de unos minutos de atención gratuita para sanar ese daño que le dificulta su vida habitual.

Nosotros estamos acostumbrados a acudir al médico, esperar en una sala con temperatura controlada, recoger una receta y comprar un medicamento con un costo más o menos asumible y retornar a su hogar en coche o transporte público. Aquí la experiencia tenía unos tintes un poco diferentes: personas aglutinadas en la entrada de un polideportivo bajo una pequeña sombra que no impedía sudar por el altísimo calor, familias sin recursos para pagar una consulta médica, niños y ancianos que venían desde asentamientos alejados haciendo colas por una exploración rápida y unos pocos medicamentos. Una imagen que no deja a nadie indiferente, una escena que toca el corazón y que invita a atender con el mayor amor posible a quienes se acercaban a mi mesa.

No era una escena triste como pueda parecer, al contrario, era una escena radiante de ilusión. Por un lado, agradecimiento a los profesionales que dedicamos nuestro tiempo de manera desinteresada, y por otro lado, de satisfacción personal de quienes recibíamos bendiciones de todas estas personas. En definitiva, una mañana cargada de felicidad, de cansancio recompensado con regocijo interior, de alegría grupal.

Este es, en escueto resumen, uno de los innumerables capítulos que dos meses de voluntariado en las clínicas de San Juan de Dios de Piura me han regalado, todos ellos impregnados de detalles preciosos y vivencias inolvidables. ¿Cómo no recomendar vivir estas experiencias? ¿Cómo no transmitir mis ganas por continuar en estos caminos de ayuda altruista? ¿Cómo no animar al mundo a prestar atención a quien lo necesite? Si es posible cambiar el mundo, esta es una herramienta muy acertada.

 

 
 
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